Cuando el hartazgo es más fuerte que la cautela, solo hay dos opciones posibles: sucumbir al abismo y enredarse en la telaraña del tánatos o bramar un “basta” disonante y rotundo con el que inaugurar una nueva etapa. Quien opta por esto último, se sonríe complaciente al dar ese paso tan anhelado que antes se le hacía inimaginable. Exaltado, vacía su hatillo de obligaciones creadas y derrotas cotidianas para llenarlo con visiones felices de esa nueva Utopía hacia la que parte. Pero los nuevos comienzos son tan prometedores como inciertos y uno puede echar en falta esa red de seguridad llamada rutina que antes advertía con desprecio y, lo que es más terrible, puede ser presa del vértigo que supone saberse único responsable de esa puesta a cero, ya sea caprichosa o necesaria, y flaquear ante la voz interior que le repite “ya no hay excusa que valga…”
También yo me he maravillado ante los trucos de ese descabellado prestidigitador que es el tiempo, para comprender, al fin, que su magia reside en mi mirada y que los confines del mundo solo pueden traspasarse con los ojos cerrados.
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viernes, 22 de octubre de 2010
sábado, 7 de noviembre de 2009
Retratos

Nada más salir del ascensor, mis familiares me recibieron con desproporcionadas alharacas. Hacía meses que no nos veíamos y todos se deshicieron en atenciones mientras yo dejaba las maletas en el estudio y me ponía cómoda. Todos menos él, que se limitó a contemplarme desde el salón con aquella mirada fría que llevaba años perfeccionando. Quizás era su forma de echarnos en cara el abandono sordo en que le habíamos sumido.
Aproveché uno de los pocos instantes en que quedamos a solas para acercarme más a él. Acaricié su rostro con mi mano izquierda, en un intento por retirar el polvo acumulado sobre el retrato. Resulta curioso -pensé- cómo los cuadros parecen mimetizarse con las paredes de una casa hasta desaparecer por completo del campo visual de sus moradores. ¿Cuántos años, meses, días son necesarios para que estos dejen de detenerse frente a los retratos y olviden los rostros de los allí inmortalizados? Como suele decirse, la vida sigue, y a los difuntos les espera una muerte progresiva hasta alcanzar la anonimia del olvido, la inexistencia absoluta. Sin embargo, los muertos, de vez en cuando, logran vengar su sino -si bien de forma precaria- hablándonos en sueños de los que inevitablemente despertamos envueltos en un sudor frío y con un nudo de nostalgia en la garganta.
Aproveché uno de los pocos instantes en que quedamos a solas para acercarme más a él. Acaricié su rostro con mi mano izquierda, en un intento por retirar el polvo acumulado sobre el retrato. Resulta curioso -pensé- cómo los cuadros parecen mimetizarse con las paredes de una casa hasta desaparecer por completo del campo visual de sus moradores. ¿Cuántos años, meses, días son necesarios para que estos dejen de detenerse frente a los retratos y olviden los rostros de los allí inmortalizados? Como suele decirse, la vida sigue, y a los difuntos les espera una muerte progresiva hasta alcanzar la anonimia del olvido, la inexistencia absoluta. Sin embargo, los muertos, de vez en cuando, logran vengar su sino -si bien de forma precaria- hablándonos en sueños de los que inevitablemente despertamos envueltos en un sudor frío y con un nudo de nostalgia en la garganta.
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