Mostrando entradas con la etiqueta infacia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta infacia. Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de febrero de 2009

Sin miedo


“La infancia tiene maneras de ver, de pensar, de sentir que le son propias; no hay nada más insensato que querer sustituirlas por las nuestras.” (Jean Jacques Rousseau)

Sentada sobre el césped, Ana deshojaba flores amarillas. Arrancaba cada pétalo con esmero, tratando de no partirlo, y estudiaba su haz y envés meticulosamente antes de atesorarlo en su mano izquierda. Cuando ya había reunido los pétalos suficientes, alzaba su brazo y abría el diminuto puño para dejarlos caer desde lo alto. Su vestido blanco adquiría de pronto un estampado irregular que Ana borraba de un manotazo y vuelta a empezar.

Su madre la observaba desde cierta distancia. Ana le recordaba tanto a sí misma... A su edad ella tampoco era la típica niña con trencitas que buscaba monstruos bajo su cama. Lo suyo era espantar palomas y correr tras el viento. Tardó mucho en descubrir la palabra miedo, pero una vez lo hizo fue coleccionando temores. Despidos, traiciones, desamores, rutina...

—¡Mamá, mamá! —gritó Ana desde su charco de desechos florales mientras acariciaba a un enorme perro.
—Ana, apártate de ese chucho ahora mismo —ordenó su madre sobresaltada.
—¿Por qué? —preguntó—, perro bueno.

viernes, 17 de octubre de 2008

Todos somos Oliveira


“Lo malo en vos es que cualquier problema lo retrotraés a la infancia”, reprochaba Traveler a Horacio en Rayuela. ¿Quién no tiene algo de Oliveira?
Todos somos soñadores insatisfechos que miramos por encima del hombro a la vida que nos ha tocado. Proseguimos nuestra búsqueda en pos de algo inaprensible, con las ilusiones y el pasado pesándonos sobre los párpados. No te quedes dormido, no te des por vencido, pero los ojos se entornan y se cierran (algunos sueños pesan demasiado)…
Y entonces vuelta a sumergir la galleta en el vaso de leche caliente, a observar cómo se empapa y se doblega ante ese océano blanco que reposa en el modesto cáliz de vidrio -de Duralex para más señas-. Otra vez la rapidez con que la cucharilla rescata al dulce abatido y lo deposita sobre la lengua infantil que sale ansiosa a su encuentro.
¡Cómo no añorar los tiempos en que el bienestar tenía forma de galleta y soportábamos el ardor de estómago con una sonrisa enmarcada en nata!