
“La infancia tiene maneras de ver, de pensar, de sentir que le son propias; no hay nada más insensato que querer sustituirlas por las nuestras.” (Jean Jacques Rousseau)
Sentada sobre el césped, Ana deshojaba flores amarillas. Arrancaba cada pétalo con esmero, tratando de no partirlo, y estudiaba su haz y envés meticulosamente antes de atesorarlo en su mano izquierda. Cuando ya había reunido los pétalos suficientes, alzaba su brazo y abría el diminuto puño para dejarlos caer desde lo alto. Su vestido blanco adquiría de pronto un estampado irregular que Ana borraba de un manotazo y vuelta a empezar.
Sentada sobre el césped, Ana deshojaba flores amarillas. Arrancaba cada pétalo con esmero, tratando de no partirlo, y estudiaba su haz y envés meticulosamente antes de atesorarlo en su mano izquierda. Cuando ya había reunido los pétalos suficientes, alzaba su brazo y abría el diminuto puño para dejarlos caer desde lo alto. Su vestido blanco adquiría de pronto un estampado irregular que Ana borraba de un manotazo y vuelta a empezar.
Su madre la observaba desde cierta distancia. Ana le recordaba tanto a sí misma... A su edad ella tampoco era la típica niña con trencitas que buscaba monstruos bajo su cama. Lo suyo era espantar palomas y correr tras el viento. Tardó mucho en descubrir la palabra miedo, pero una vez lo hizo fue coleccionando temores. Despidos, traiciones, desamores, rutina...
—¡Mamá, mamá! —gritó Ana desde su charco de desechos florales mientras acariciaba a un enorme perro.
—Ana, apártate de ese chucho ahora mismo —ordenó su madre sobresaltada.
—¿Por qué? —preguntó—, perro bueno.
